sábado, 22 de septiembre de 2012

Nieve, hielo y escarcha

Me siento vacía. No logro identificar de qué carezco para albergar este sentir. Miro a mi alrededor y puedo valorar todo cuanto me rodea; no me falta de nada, soy afortunada de tener  todas aquéllas necesidades esenciales cubiertas. Y, sin embargo, mi mente trata constantemente de encontrar el fallo que supone que existe en alguna parte.

Puedo leer miles de libros, evadir la realidad, imaginar sin un rumbo fijo; pero mis fantasías, solo son eso, historias inventadas por un corazón que espera experimentar diferentes tipos de latidos, y no sólo el bum-bum acostumbrado y monótono de cada día.

Soy una persona fría, seria; allá donde voy me lo hacen saber. Pocas cosas derrumban el castillo de hielo en el que me instalé cuando no tenía uso de razón. Estoy orgullosa de ser fuerte, de ser capaz de mantener la cabeza alta a pesar de las circunstancias, de mantener la cabeza fría, no dejarme llevar por sentimientos pasajeros. Esta misma férrea determinación es la que impide derribar la muralla que me envuelve, cascar la coraza que me protege. A veces, bajo la guardia y aparecen fisuras momentáneas, pequeñas grietas por la que se me escapa un retazo de mi yo sentimental; entonces, aquél que lo presencia me observa desde un rostro sembrado por la estupefacción, pues nadie puede ver más allá de la máscara, nadie ha captado jamás mi esencia. 

Quizás un día encuentre alguna persona que derrita el hielo, que asuma la función de mi sol propio; que me escuche y no me oiga, que me mire y no sólo me observe. Que pueda atravesar el caparazón, que me sienta como soy.  

sábado, 15 de septiembre de 2012

Inevitablemente incontrolable, como el mar


Beth era un bebé cuando el barco pesquero en el que viajaba con sus padres y su tío empezó a acercarse más y más al fondo del océano marino. Rápidamente, posaron en la superficie marítima el pequeño bote de emergencia con la bebé y su madre. Parecía que todo iba a salir bien, pero por desgracia o por fortuna, el bote se soltó del barco, alejándolo e impidiendo que los dos hombres subieran a él a tiempo de evitar la explosión que sobrevino y calcinó la embarcación. La madre de Beth, Soledad, continuó en la barca, desolada por la pérdida pero decidida a salvar a su hija, hasta que después de dos lunas un barco comercial las recogió del agua salada.

Varian se sintió aliviado cuando después de dos días de vigilar la barca superviviente del naufragio presenció el rescate de la mujer con el bebé en sus brazos.

Los años pasaron y Beth se convirtió en una muchacha bonita y menuda que era el centro de las crueles burlas de sus semejantes; continuamente le recordaban su orfandad, por lo que prefería alejarse hasta un diminuto acantilado para olvidarse de las hirientes palabras de sus compañeros de clase. A pesar de saber que el mar le había arrebatado a su padre antes de conocerlo no podía evitar experimentar cierta fascinación por él y las criaturas que vivían en su seno. Cada tarde pasaba horas en aquellas rocas, y todas y cada una de ellas, el agua le enviaba una preciosa caracola; no entendía el por qué de ese detalle y sin embargo, lo esperaba con impaciencia.

Varian observaba con atención su hermosa melena morena, su cara angelical; cómo su expresión de tristeza cambiaba a una profunda mirada indescriptible cada vez que se sentaba en la roca y dirigía sus ojos verdes esmeralda hacia el horizonte. Era consciente de que todo sueño que albergase su corazón respecto a ella era imposible, pero aunque su padre le instaba a que desposase a una bella sirena, la idea de pasar el resto de su vida junto a una mujer que no fuese su amada Beth le desgarraba el corazón y cuando se ponía el sol escapaba a la costa para hacer llegar una caracola cargada de un pedacito de sus sentimientos a la preciosa niña que había ocupado su mente desde hacía años.





martes, 11 de septiembre de 2012

Escribe tu propio final. Mientras tanto, éste es el mío


Frío. Mis mejillas arden, pero sigo sintiendo frío. Indiferencia. Todos a mi alrededor danzan, y sin embargo me parecen estáticos, inmersos en un campo gravitatorio que ralentiza sus movimientos, cual planetas que giran en torno a un sol extinto; en torno a una figura central, epicentro de la parsimonia. Oigo la música, mi cuerpo quiere dejarse llevar, marcar el ritmo, pero algo me detiene, una fuerza me petrifica. Me siento desplazada, como la pieza del puzzle equivocado.

Sola con mis pensamientos, todo da vueltas y yo permanezco en el mismo lugar, inmersa en un sueño que revivo una y otra vez sin remedio alguno. El tiempo corre y no lo siento; oigo risas, expectación y llantos sin escucharlos. No me siento cómoda, me ahogo. Como ansío a veces despertar de este aislamiento, sentirme parte de todo y a la vez de nada. Necesito romper las cadenas que me atan.

Entonces veo un lápiz, entonces vislumbro un papel; aquí está mi válvula de escape. Ahora sí mando yo, soy la dueña de mis pasos, de las letras que escapan de mi puño y letra; yo hago las normas, yo dicto las reglas de mi juego. Mi imaginación no conoce límites, no entiende de barreras y censuras. Esta soy yo: libertad de pensamiento, de movimiento, tan solo cerrar los ojos y puedo ser lo que me apetezca, puedo ser quien quiera.

Este es mi mundo, aquí encajo a la perfección, soy la última pieza que completa el rompecabezas. Con fuerzas e ilusión renovadas, ya no percibo a los demás inmóviles en el continuo espacio-tiempo, me olvido de aquéllos que me apartan de su atención. Tras escribir el punto y final, todo lo que me rodea cambia: color, alegría, movimiento; si puedo cambiar mi fantasía, lo mismo haré con mi realidad. Una incipiente carrera clama mi participación, me preparo, suena el pistoletazo de salida y avanzo hacia la meta con todas mis fuerzas, pues es mi objetivo ver el trofeo de la vida en mi estantería cada día, cada despertar. 


domingo, 2 de septiembre de 2012

Hipocresía fuera ¡ya!


Esta entrada va dedicada a aquéllos amigos hipócritas que te consideran una piedra en su zapato: algo molesto que desean que desaparezca. Esos que aún oyéndote no te escuchan, pues prefieren ignorarte y no desperdiciar su precioso y valioso tiempo contestando con un monosílabo a tu pregunta. Quizás tienen una sordera crónica que les impide hacerte el menor caso excepto cuando necesitan algo de ti; o puede que quizás solo sea que su gran ego les tapa los oídos cuando les conviene. Sólo te soportan por vergüenza, por no dejarte de lado, solo en un rincón; aunque tal vez eso sea preferible a sentirte marginado. En su tiempo lo aguantas y sacas provecho igual que hacen contigo, te enfadas y notas cómo la frustración y el odio crecen en cada célula de tu cuerpo, te deprimes preguntándote qué les has hecho para que no te traten de ningún modo.

Cuando el tiempo pasa y puedes analizarlo objetivamente, sólo puedes dar gracias. Gracias por haberte apartado a tiempo, por no haberte convertido en alguien como ellos, carente de toda amabilidad y empatía para con lo demás. Ahora tienes amigos de verdad, personas iguales a ti entre las que no te sientes diferente ni excluido y puedes disfrutar de verdad, mostrarte tal y como eres, sin disfraces ni falsas apariencias; compañeros que no te dan la espalda a la primera de cambio ni te pasan malas jugadas. Son esos que no son amigos, son más que eso: son compañeros, camaradas, aliados; personas dignas de tu respeto, tu cariño y tu confianza.