sábado, 15 de septiembre de 2012

Inevitablemente incontrolable, como el mar


Beth era un bebé cuando el barco pesquero en el que viajaba con sus padres y su tío empezó a acercarse más y más al fondo del océano marino. Rápidamente, posaron en la superficie marítima el pequeño bote de emergencia con la bebé y su madre. Parecía que todo iba a salir bien, pero por desgracia o por fortuna, el bote se soltó del barco, alejándolo e impidiendo que los dos hombres subieran a él a tiempo de evitar la explosión que sobrevino y calcinó la embarcación. La madre de Beth, Soledad, continuó en la barca, desolada por la pérdida pero decidida a salvar a su hija, hasta que después de dos lunas un barco comercial las recogió del agua salada.

Varian se sintió aliviado cuando después de dos días de vigilar la barca superviviente del naufragio presenció el rescate de la mujer con el bebé en sus brazos.

Los años pasaron y Beth se convirtió en una muchacha bonita y menuda que era el centro de las crueles burlas de sus semejantes; continuamente le recordaban su orfandad, por lo que prefería alejarse hasta un diminuto acantilado para olvidarse de las hirientes palabras de sus compañeros de clase. A pesar de saber que el mar le había arrebatado a su padre antes de conocerlo no podía evitar experimentar cierta fascinación por él y las criaturas que vivían en su seno. Cada tarde pasaba horas en aquellas rocas, y todas y cada una de ellas, el agua le enviaba una preciosa caracola; no entendía el por qué de ese detalle y sin embargo, lo esperaba con impaciencia.

Varian observaba con atención su hermosa melena morena, su cara angelical; cómo su expresión de tristeza cambiaba a una profunda mirada indescriptible cada vez que se sentaba en la roca y dirigía sus ojos verdes esmeralda hacia el horizonte. Era consciente de que todo sueño que albergase su corazón respecto a ella era imposible, pero aunque su padre le instaba a que desposase a una bella sirena, la idea de pasar el resto de su vida junto a una mujer que no fuese su amada Beth le desgarraba el corazón y cuando se ponía el sol escapaba a la costa para hacer llegar una caracola cargada de un pedacito de sus sentimientos a la preciosa niña que había ocupado su mente desde hacía años.





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