Cuán frecuente es ver cómo tus
sueños se escapan, cómo quedan relegados a un segundo plano que augura su
aplazamiento; habitual es también la impotencia, no por ver partir tus deseos,
sino por verte obligado a hacer algo que no ambicionas o que incluso aborreces.
Qué vida más hipócrita. ¿Dónde está el libre albedrío del que siempre nos
hablan? Apretando las argollas de las cadenas que nos someten, esperándonos
frente al cadalso listo para dictar sentencia.
Heme aquí, lista para lo que no
quiero, artificialmente presentable y ataviada con una sonrisa cuyo fulgor no
baña mis ojos. ¿Qué razón me empuja a esa inefable acción? El peso de la culpa,
la obligación que crece a la par que nuestros huesos de no herir los
sentimientos de quienes nos rodean, de no defraudar sus expectativas. Terrible
sofisma patético, harto horrible chantaje emocional que nos lleva al sendero de
la amargura, morada de estas letras; y no bastando con acudir a la llamada de
corneta, es esencial el hacerlo mostrando una felicidad irreal, representando
el papel de quién está encantado de llevar a cabo lo que se le antoja
detestable. No hace falta estar en Hollywood para desplegar aptitudes
dramáticas; cuánto actorcillo de tres al cuarto anda suelto por ahí. Mucho
cuidado con descuidar tu función, ya que si tu rostro refleja el más mínimo
atisbo de incomodidad, será la cruz de tus semejantes, las agujas de la sesión
de acupuntura que sufrirás; ensaya frente al espejo, pues no escaparás de
reproches rumiados.
Está bien; engañemos, actuemos,
finjamos henchido de alegría nuestro pecho, pues siendo por el bien de los
demás, en especial de tus familiares más cercanos, qué más dan nuestros
apetitos. Si nos obligan mentir, lo haremos. Por ellos, por quienes nos han
enseñado tantas cosas, como por ejemplo, que mentir está mal.
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