Un día más se levanta para ir a
clase. De nuevo, verá a sus profesores, a sus apuntes, a sus compañeros, y
entre estos últimos a él.
Todas las noches antes de dormir
piensa en él, en su presencia, en su sonrisa, en ese misterio que lo envuelve e
invita a indagar más sobre su persona. Si tan solo supiese algo de él, si lo
conociese un ápice, quizás podría cerciorarse de que es el amor de su vida; o
tal vez comprendería que no son compatibles, quitaría la venda que a sus ojos
inhibe y dejaría de pensar en él todo el tiempo. Podría aplacar el latido
desbocado que atenaza su pecho cuando por casualidad sus miradas se encuentran.
Está bien, mañana lo haré, hablaré
con el y me ganaré su confianza, seremos amigos, acaba sentenciando cada noche
antes de entregarse al dios Morfeo; por la mañana, sin embargo, todo es muy
distinto: sus pies parecen desarrollar raíces que la atan al suelo, el corazón
late, su boca se obstruye con todas esas palabras que no logran encontrar una
salida. De repente, encuentra su mirada, y seguidamente esconde su rostro
sonrojado mientras da vueltas a la idea de que es imposible y ha sido una estúpida
al pensar en la posibilidad. Entonces, coge su diario y detalla cómo debería
haber transcurrido la situación, recreando la situación ideal.
Ahí está de nuevo, evitándole; lo
que él daría por contemplar esos preciosos ojos toda la eternidad. Cada vez que
la ve le embarga un profundo anhelo, quisiera tomar su mano y acercarla a su
pecho para así demostrarle que late por ella. Es tan pequeña y adorable, a
simple vista podría pasar por una chica más, pero algo en ella la hace
especial, destacar entre ese mar de gentes en el que está inmerso. No sabe su
será su alegría, esa risa angelical, o la energía con la que parece danzar
siempre que realiza el más mínimo movimiento, pero no puede sacar de su cabeza
a esa chica.
Todos los días la observa desde
la lejanía y se obliga a ir a hablar con ella. Está a punto de hacerlo, y ya
nota el cálido abrazo de su mirada, cuando la chica de sus sueños agacha su
linda cabecita. ¡Qué estúpido! A ella no le interesa, pues cada vez que intenta
acercarse, ella lo evita; seguro que solo busca su mirada para después escribir
en su cuaderno cuan mediocre le resulta en comparación con aquél que
verdaderamente ocupa sus pensamientos.