Me gusta la lluvia. Es
indescriptible la sensación de embriaguez que evoca en mí el
rítmico golpeteo de la lluvia sobre el cristal, ese hipnótico
susurro de una dulce voz que acompaña a las gotas durante su carrera
por el cristal empañado, como gotas abriéndose paso a través de un
cabello mojado, dejando surcos en su recorrido como los que forman
miles de lágrimas sobre una gélida mejilla. Miro el cielo
encapotado, sereno y gris, pálido como unos ojos que febriles
brillan y te impactan cual fulgor de un relámpago cuando te observan
atentamente. Truenos, que ensordecen a intervalos igual que un
corazón apasionado. Ansío caminar bajo el aguacero, sintiendo cómo
las gotas se deslizan por mi pelo, por mis mejillas, rozan mi piel
con sus tersas y suaves manos. Entonces aspiro ese aroma taciturno
que me hace recordar una mueca enmarcada por un rostro celestial, una
sonrisa de ángel que espera acabe pronto la tormenta para lucir sus
límpidas alas blancas.
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Quizá algún día olvide mi paraguas y me empape sin miedo con ese agua milagrosa que auguro calmará mi alma impaciente. Mientras tanto: que llueva, que llueva.
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