viernes, 30 de noviembre de 2012

Mal de amores


Cada día me muerdo la lengua. Me esfuerzo por encontrar algún comentario que justifique el hecho de cruzar palabras contigo para, una vez hallada, guardarla en lo más profundo de mi alma. Allá donde mire veo parejas tan cercanas, y tú, situado a la misma distancia me resultas tan distante. Me esfuerzo por convencerme de que se trata solo de un capricho pasajero, y quién sabe si quizá lo sea, pero no encuentro pruebas científicas con las que contrastar mi hipótesis.
 
Innumerables son las ocasiones en las que fantaseo con un simple intercambio de miradas, una señal que me haga saber que no soy invisible, unas palabras de cortesía que indiquen que has reparado en mi presencia. Sin embargo, cada día me reprendo a mí misma por esperanzarme en la atención de un tercero, en ser tan insignificante como para desear el simple contacto que siempre rehuyo; me hallo en una encrucijada, en una disonancia entre mi yo real y el futuro inmediato que idealizo en mi mente. A veces me gustaría poder derribar el muro con el que cerqué mi castillo hace tiempo, en el que no soy la princesa, sino mi propio verdugo.
He leído tanto, he visto tanto, y sin embargo, mis pasadas experiencias me hacen pensar que sólo es una ilusión demasiado perfecta, de una vida irreal, inalcanzable. Aquí sigo, querido y cruel angelito cupido, esperando que por una vez tu errada flecha de en el centro de la diana correcta.
 

viernes, 9 de noviembre de 2012

El perfume de la lluvia


Me gusta la lluvia. Es indescriptible la sensación de embriaguez que evoca en mí el rítmico golpeteo de la lluvia sobre el cristal, ese hipnótico susurro de una dulce voz que acompaña a las gotas durante su carrera por el cristal empañado, como gotas abriéndose paso a través de un cabello mojado, dejando surcos en su recorrido como los que forman miles de lágrimas sobre una gélida mejilla. Miro el cielo encapotado, sereno y gris, pálido como unos ojos que febriles brillan y te impactan cual fulgor de un relámpago cuando te observan atentamente. Truenos, que ensordecen a intervalos igual que un corazón apasionado. Ansío caminar bajo el aguacero, sintiendo cómo las gotas se deslizan por mi pelo, por mis mejillas, rozan mi piel con sus tersas y suaves manos. Entonces aspiro ese aroma taciturno que me hace recordar una mueca enmarcada por un rostro celestial, una sonrisa de ángel que espera acabe pronto la tormenta para lucir sus límpidas alas blancas.


Quizá algún día olvide mi paraguas y me empape sin miedo con ese agua milagrosa que auguro calmará mi alma impaciente. Mientras tanto: que llueva, que llueva.