Una preciosa
tarde de invierno, concretamente el día 3 de enero, 6 niñas decidieron subir en
la cochinita muy alegremente, pero parece que alguien se empeñó en aguarles la
fiesta. Llegaron a las cuatro y se incorporaron a una fila muy poco definida
para esperar a un trenecito que llegaría una hora después. Ya acercándose la
hora, la fila de personas que tenía delante se engrosaba de forma preocupante,
tanto que algunas madres comenzaron una pequeña trifulca con aquellos que
claramente se habían infiltrado en la cola sin más razón que la de tener una
cara muy dura. Pero no os preocupéis queridos lectores, pues se colocaron
vallas para impedir que se metieran ajenos al orden cuando ya había por lo
menos unas 20 personas que no habían estado esperando desde un principio y que,
claro está, no abandonaron la posición que habían adquirido ilegalmente.
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El grupo de
las niñas estaba constituido por 2 adolescentes al cargo de 4 niños menores de
10 años, y cual no fue su frustración cuando los encargados del tren les
instaron a que se separaran. Las mayores intentaron razonar, pues no podían
dejar solo a ninguno de los niños en el tren, pero sus sugerencias fueron aplacadas
con poco amables vociferíos que las instaban a repartirse en los vagones. La
mayor comprendía que aquellos trabajadores no podían complacer a todos los
usuarios de ese transporte festivo, pero creía que ellos también deberían
comprender que no les era posible moralmente dejar a unos niños solos entre
tantas personas desconocidas habiendo más de un vagón libre.
¿Sabéis lo que
pasó, queridos lectores? ¿adivináis cómo acabó el pequeño desentendimiento? Los
trabajadores, molestos, insistieron hasta que colocaron a los inocentes niños
en un vagón de 6 personas junto con una familia cuyos progenitores ocupaban
gran parte del asiento; en total 12 personas en un compartimento de 6, lo cual
dejó a las niñas todas apretujadas en una fila de asientos para tres. Imaginaos
con qué ilusión y desparpajo disfrutaron el viaje y con que alegría y empatía
miraron a los señores que les ofrecieron tan animado paseo cuando, una vez
fuera, vieron pasar la cochinita con solo varias personas en un vagón sentados
a sus anchas, cosa que no pudieron disfrutar en su turno tras haber esperado la
misma cola que otros futuros usuarios del tren.
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Esta imagen del trenecito no corresponde a la de la historia, es una imagen elegida para ilustrar el relato. |
Pues sí, así
es la vida; esperas una interminable hora para cumplir la ilusión de unos niños
pequeños y después te encuentras con que ni siquiera puedes disfrutar con esas
pequeñas y dulces sonrisas. ¿Por qué? Porque te han tratado mal, te han puesto
en un aprieto, han ignorado tus intentos por entablar una conversación
civilizada y te han confinado en una lata como si de sardinas se tratase; todo
eso mientras otras personas son conducidas y acomodadas amablemente. Eso, que
se note que es Navidad.