Apoyé mi cabeza sobre
su hombro y contemplé maravillada el iridiscente manto de estrellas
que nos acompañaba aquella noche. Sin embargo, no era su intenso
brillo lo que ocupaba mi mente en aquellos momentos, sino él. Hacía
dos años que lo veía cada día desde la distancia, anhelándolo en
silencio, fantaseando sobre qué sentiría al hablarle. Y allí
estaba, a su lado, ajena a un mundo que no fuésemos nosotros dos;
después de tantas miradas silenciosas, de tantas sonrisas
disimuladas. Cuántas veces no quedó enmascarado un cruce de
miradas por nuestro empeño en parecer indiferentes, en cuántas
ocasiones ignoramos el latido acelerado de nuestro corazón cada vez
que nuestros brazos rozaban sin querer, cuántos intentos
infructuosos de pasar página y olvidarme del chico que no mostraba
la más mínima reacción ante mi presencia, para quien era
totalmente invisible. En infinidad de ocasiones me reprendí a mí
misma por ser tan tímida, por no atreverme a dar un primer paso y
depositar mis esperanzas en una iniciativa que por su parte jamás
llegaría. ¿Por qué yo no? me preguntaba con frecuencia intentando
encontrar la razón que nos separaba, ¿qué puedo hacer?; pero la
respuesta nunca llegaba. Él allí, yo aquí, situados a cada lado de
la línea invisible que implícitamente habíamos trazado, la cual
dejaba entrever el paradójico abismo que se abría a nuestros pies:
tan cerca y a la vez tan lejos.
Ahora, sentados uno al
lado del otro, derribadas las murallas que impedían nuestro
encuentro, completamos la ecuación que creía sin solución tiempo
atrás. Lo único que distrajo mi atención del rostro que había
ocupado mis sueños fue la fugaz estela de una estrella que buscaba
fundirse con el mar en un beso, una estrella a la que pedí que
detuviese el tiempo, pues deseaba que ese momento perdurara para
siempre.
Observada me sentí,
pero lejos de ponerme nerviosa me inundó una indescriptible
satisfacción al ver la adoración en esos ojos que atravesaban mi
alma. Su mano recorrió mi mejilla en un gesto dulce, con el que
atrajo mis labios a un dulce beso mientras sus dedos trazaban
preciosos dibujos a lo largo de mi brazo. Pronto ese suave roce se
tornó más insistente y no pude evita entrelazar mis manos en su
cabello y aumentar su proximidad. Sabía lo que quería, todo el
tiempo lo supe; no más indiferencia, no más esperas, era el momento
de vivir, de dar todo aquello que había permanecido oculto. La bella
durmiente despertó con el beso de su príncipe azul.