domingo, 14 de abril de 2013

Deseos de una noche estrellada


           Apoyé mi cabeza sobre su hombro y contemplé maravillada el iridiscente manto de estrellas que nos acompañaba aquella noche. Sin embargo, no era su intenso brillo lo que ocupaba mi mente en aquellos momentos, sino él. Hacía dos años que lo veía cada día desde la distancia, anhelándolo en silencio, fantaseando sobre qué sentiría al hablarle. Y allí estaba, a su lado, ajena a un mundo que no fuésemos nosotros dos; después de tantas miradas silenciosas, de tantas sonrisas disimuladas. Cuántas veces no quedó enmascarado un cruce de miradas por nuestro empeño en parecer indiferentes, en cuántas ocasiones ignoramos el latido acelerado de nuestro corazón cada vez que nuestros brazos rozaban sin querer, cuántos intentos infructuosos de pasar página y olvidarme del chico que no mostraba la más mínima reacción ante mi presencia, para quien era totalmente invisible. En infinidad de ocasiones me reprendí a mí misma por ser tan tímida, por no atreverme a dar un primer paso y depositar mis esperanzas en una iniciativa que por su parte jamás llegaría. ¿Por qué yo no? me preguntaba con frecuencia intentando encontrar la razón que nos separaba, ¿qué puedo hacer?; pero la respuesta nunca llegaba. Él allí, yo aquí, situados a cada lado de la línea invisible que implícitamente habíamos trazado, la cual dejaba entrever el paradójico abismo que se abría a nuestros pies: tan cerca y a la vez tan lejos.

     Ahora, sentados uno al lado del otro, derribadas las murallas que impedían nuestro encuentro, completamos la ecuación que creía sin solución tiempo atrás. Lo único que distrajo mi atención del rostro que había ocupado mis sueños fue la fugaz estela de una estrella que buscaba fundirse con el mar en un beso, una estrella a la que pedí que detuviese el tiempo, pues deseaba que ese momento perdurara para siempre.

     Observada me sentí, pero lejos de ponerme nerviosa me inundó una indescriptible satisfacción al ver la adoración en esos ojos que atravesaban mi alma. Su mano recorrió mi mejilla en un gesto dulce, con el que atrajo mis labios a un dulce beso mientras sus dedos trazaban preciosos dibujos a lo largo de mi brazo. Pronto ese suave roce se tornó más insistente y no pude evita entrelazar mis manos en su cabello y aumentar su proximidad. Sabía lo que quería, todo el tiempo lo supe; no más indiferencia, no más esperas, era el momento de vivir, de dar todo aquello que había permanecido oculto. La bella durmiente despertó con el beso de su príncipe azul.