sábado, 27 de julio de 2013

Afán de idiosincrasia

Cuán frecuente es ver cómo tus sueños se escapan, cómo quedan relegados a un segundo plano que augura su aplazamiento; habitual es también la impotencia, no por ver partir tus deseos, sino por verte obligado a hacer algo que no ambicionas o que incluso aborreces. Qué vida más hipócrita. ¿Dónde está el libre albedrío del que siempre nos hablan? Apretando las argollas de las cadenas que nos someten, esperándonos frente al cadalso listo para dictar sentencia.

Heme aquí, lista para lo que no quiero, artificialmente presentable y ataviada con una sonrisa cuyo fulgor no baña mis ojos. ¿Qué razón me empuja a esa inefable acción? El peso de la culpa, la obligación que crece a la par que nuestros huesos de no herir los sentimientos de quienes nos rodean, de no defraudar sus expectativas. Terrible sofisma patético, harto horrible chantaje emocional que nos lleva al sendero de la amargura, morada de estas letras; y no bastando con acudir a la llamada de corneta, es esencial el hacerlo mostrando una felicidad irreal, representando el papel de quién está encantado de llevar a cabo lo que se le antoja detestable. No hace falta estar en Hollywood para desplegar aptitudes dramáticas; cuánto actorcillo de tres al cuarto anda suelto por ahí. Mucho cuidado con descuidar tu función, ya que si tu rostro refleja el más mínimo atisbo de incomodidad, será la cruz de tus semejantes, las agujas de la sesión de acupuntura que sufrirás; ensaya frente al espejo, pues no escaparás de reproches rumiados.

Está bien; engañemos, actuemos, finjamos henchido de alegría nuestro pecho, pues siendo por el bien de los demás, en especial de tus familiares más cercanos, qué más dan nuestros apetitos. Si nos obligan mentir, lo haremos. Por ellos, por quienes nos han enseñado tantas cosas, como por ejemplo, que mentir está mal.

lunes, 8 de julio de 2013

- Después de eso -proseguí - compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de educación con una experiencia como ésta. 
Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben 
permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor las cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos. 
-Me lo imagino. 
- Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan. 
-Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros. 
-Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí? 
-Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas. 
-¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro del tabique? 
-Indudablemente. 
-Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y que ellos ven? 
-Necesariamente. 
-Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿ no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos? 
- ¡Por Zeus que sí ! 
- ¿ Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados? 
- es de toda necesidad. 
- Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y , al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentiría en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora? 
- Mucho más verdaderas. 
- Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿ no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran? 
- Así es. 
- Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿ no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos ? 
- Por cierto, al menos inmediatamente. 
- Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el 
cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol. 
-Sin duda. 
- Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo cómo es en sí y por sí, en su propio ámbito. 
-Necesariamente. 
-Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto. 
- Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones. 
- Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería? 
- Por cierto. 
-Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más honrados y poderosos entre aquellos? ¿ O más bien 
no le pasaría como al Aquiles de Homero, y "preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre" o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida ? 
- Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida. 
- Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol? 
- Sin duda. 
- Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿ no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿ no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?