miércoles, 11 de julio de 2012

¿El ser humano es violento por naturaleza o su agresividad es heredada?


Cada día recibimos noticias estremecedoras de muertes causadas por el ser humano, no solo de animales, sino de otras personas. La violencia está vigente en nuestra sociedad y convivimos con ella toda nuestra vida. Esto nos hace preguntarnos el por qué el ser humano es tan agresivo: depende de nuestros genes o aprendemos a ser violentos.

Hace millones de años apareció el ser humano, totalmente desprovisto de recursos, lo que hizo que desarrollara sus actitudes animales, que desarrollara su instinto de supervivencia. Para poder obtener alimentos tuvo que aprender a recolectar frutos y al no ser suficiente la dieta vegetariana, a cazar. Pero no era suficiente con la agresividad utilizada para aniquilar a sus presas animales, también necesitaban proteger el alimento de otros individuos que quisieran apoderarse de ellas. A partir de ahí, la violencia se convirtió en algo usual y se desarrolló junto con la sociedad humana convirtiéndose en parte de la cultura como una forma fácil de resolver los problemas, excepto en las comunidades subdesarrolladas que todavía se valen de la violencia para obtener alimento, que se transmitía de unos a otros mediante la observación del día a día: cualquier problema se solventaba con violencia y los demás aprendían desde pequeños esa forma de vida. La violencia no era una necesidad, pero abundaba en la sociedad. No solo eso, antes del siglo XIX la violencia y la guerra había sido exaltadas, consideradas como un imperativo religioso y patriótico, a veces como un deporte de reyes: en todo caso como algo ennoblecedor, propio de seres excepcionales.

El hombre, como animal que es, trae de nacimiento instintos; unos se manifiestan y otros no, dependiendo del entorno en el que viva. Ya desde su nacimiento, el ser humano posee un instinto de supervivencia y un instinto agresivo, tal como muestra un niño pequeño al encontrarse en una situación frustrante, siendo el resultado de la situación  una respuesta agresiva. No obstante, esta respuesta es distinta de la que puede dar un adulto, y sobretodo alguien que ha crecido siendo espectador de situaciones violentas, que ha sido criado por padres fríos o en condiciones sociales desfavorables. También cabe mencionar que, aunque según estudios la agresividad no esté determinada por la herencia, la predisposición genética también acentúa dicha conducta, teniendo como ejemplo el mayor número de agresividad en los portadores del cromosoma Y. Sin embargo, también se puede hablar de mujeres violentas, aunque no porten el cromosoma Y.

Se trata por tanto de una influencia mutua. El sujeto y el entorno se influyen mutuamente y marcan unas pautas de conducta sociales de las que cada uno se aprovecha a su manera. Estando al corriente de esta relación, deberíamos utilizarla para evitar la agresividad desde la más temprana infancia educando sin violencia, favoreciendo los valores positivos del ser humano como la honestidad o la solidaridad y no los afectos negativos como el odio. Evitando el instinto agresivo desde el comienzo podríamos lograr una sociedad mejor de no ser porque utilizamos la propia agresividad para enseñar el buen comportamiento: a través de castigos, violencia y amenazas. Queremos combatir la agresividad con agresividad y no nos damos cuenta de que la estamos duplicando hasta tal punto que nos hace imposible una convivencia, tal y como ocurre en peleas y en guerras; queremos supuestamente defendernos de alguien que nos ataca con agresividad utilizando una agresividad mayor, a la que el oponente responderá con mayor grado de agresividad y utilizamos el desarrollo de la tecnología para crear armas mortíferas y destructivas, que provocan sufrimientos, desgracias y muertes. Pero claro, esto nos parece lo más normal ya que así hemos sido educados, invirtiendo más tiempo en instrucciones para ganar en un combate que para evitarlo. Desde la antigüedad hemos inculcado a nuestros hijos el valor de la violencia: a través de ella debemos dominar y ser superiores a los demás.

Actualmente se nos habla de paz, tolerancia, compañerismo, solidaridad, esfuerzo, pero a nuestro alrededor, en la televisión y en la propia sociedad solo vemos guerra, intolerancia, egoísmo…
 Nos dejamos llevar por los prejuicios de la sociedad, llevando a cabo acciones malvadas solo por seguir al resto, por encajar en un grupo al ser duros y “guays”, y esto en la sociedad actual se consigue divirtiéndose cuando le damos una paliza o matamos al semejante ya sea este un desconocido o una persona que había sido importante en algún momento. Muchas pruebas nos las aportan los medios de comunicación: ¿Cuántas mujeres mueren  a manos de sus parejas? ¿O cuántas personas mueren en peleas?
Pero todo no acaba aquí. Los familiares y amigos también se implican pidiendo el mismo final para el agresor y en muchos casos al no ser complacidos se toma la justicia por sus manos incitando a más venganzas. Así funciona todo: se educa con violencia, se madura con violencia y se muere con violencia.

Esta forma de violencia es diferente de la que puede presentar un niño pequeño, que puede lanzar un objeto, gritar o pegar, sin llegar a matar a nadie. Esto hace pensar que la violencia forma parte de los instintos animales que posee el ser humano, pero no es toda la que puede llegar a usar. El ser humano reacciona ante ciertos estímulos agresivamente e influye en el ambiente que le rodea condicionando los estímulos recibidos por los que están a su alrededor. El proceso se repite en cada persona que da otras respuestas influyendo a su vez en el entorno y la conducta de sus semejantes. De esta forma creamos unos ideales falsos y hacemos creer que la violencia es algo bueno cuando en realidad no lo es.

Por eso debemos cambiar nuestra forma de actuar y aprovechar nuestra influencia en el entorno para cambiar los pilares violentos de la sociedad y demostrar que todo se puede lograr sin necesidad de violencia, razonando y trabajando, si todos colaboramos tal y como han señalado muchos personajes a lo largo de la historia, tanto famosos como Gandhi como otros anónimos. Estos seres humanos son otra prueba de que la violencia del ser humano no es solo instinto; dejaron la violencia a un lado solo proponiéndoselo, por lo tanto la agresividad se puede dejar a un lado siempre y cuando el individuo no se encuentre en condiciones extremas, ya que una parte de la agresividad irremediablemente forma parte de nosotros y podría actuar su instinto de supervivencia como en cualquier animal. Somos capaces de cambiar nuestras necesidades alimentarias, higiénicas y sexuales, pero no podemos erradicarlas; por lo tanto, también podemos cambiar nuestra conducta pero no eliminar del todo la violencia.

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