Cada
día recibimos noticias estremecedoras de muertes causadas por el ser humano, no
solo de animales, sino de otras personas. La violencia está vigente en nuestra
sociedad y convivimos con ella toda nuestra vida. Esto nos hace preguntarnos el
por qué el ser humano es tan agresivo: depende de nuestros genes o aprendemos a
ser violentos.
Hace
millones de años apareció el ser humano, totalmente desprovisto de recursos, lo
que hizo que desarrollara sus actitudes animales, que desarrollara su instinto
de supervivencia. Para poder obtener alimentos tuvo que aprender a recolectar
frutos y al no ser suficiente la dieta vegetariana, a cazar. Pero no era
suficiente con la agresividad utilizada para aniquilar a sus presas animales,
también necesitaban proteger el alimento de otros individuos que quisieran
apoderarse de ellas. A partir de ahí, la violencia se convirtió en algo usual y
se desarrolló junto con la sociedad humana convirtiéndose en parte de la
cultura como una forma fácil de resolver los problemas, excepto en las
comunidades subdesarrolladas que todavía se valen de la violencia para obtener
alimento, que se transmitía de unos a otros mediante la observación del día a
día: cualquier problema se solventaba con violencia y los demás aprendían desde
pequeños esa forma de vida. La violencia no era una necesidad, pero abundaba en
la sociedad. No solo eso, antes del siglo XIX la violencia y la guerra había
sido exaltadas, consideradas como un imperativo religioso y patriótico, a veces
como un deporte de reyes: en todo caso como algo ennoblecedor, propio de seres
excepcionales.
El
hombre, como animal que es, trae de nacimiento instintos; unos se manifiestan y
otros no, dependiendo del entorno en el que viva. Ya desde su nacimiento, el
ser humano posee un instinto de supervivencia y un instinto agresivo, tal como
muestra un niño pequeño al encontrarse en una situación frustrante, siendo el
resultado de la situación una respuesta
agresiva. No obstante, esta respuesta es distinta de la que puede dar un
adulto, y sobretodo alguien que ha crecido siendo espectador de situaciones
violentas, que ha sido criado por padres fríos o en condiciones sociales
desfavorables. También cabe mencionar que, aunque según estudios la agresividad
no esté determinada por la herencia, la predisposición genética también acentúa
dicha conducta, teniendo como ejemplo el mayor número de agresividad en los
portadores del cromosoma Y. Sin embargo, también se puede hablar de mujeres
violentas, aunque no porten el cromosoma Y.
Se
trata por tanto de una influencia mutua. El sujeto y el entorno se influyen
mutuamente y marcan unas pautas de conducta sociales de las que cada uno se
aprovecha a su manera. Estando al corriente de esta relación, deberíamos
utilizarla para evitar la agresividad desde la más temprana infancia educando
sin violencia, favoreciendo los valores positivos del ser humano como la
honestidad o la solidaridad y no los afectos negativos como el odio. Evitando
el instinto agresivo desde el comienzo podríamos lograr una sociedad mejor de
no ser porque utilizamos la propia agresividad para enseñar el buen
comportamiento: a través de castigos, violencia y amenazas. Queremos combatir
la agresividad con agresividad y no nos damos cuenta de que la estamos
duplicando hasta tal punto que nos hace imposible una convivencia, tal y como
ocurre en peleas y en guerras; queremos supuestamente defendernos de alguien
que nos ataca con agresividad utilizando una agresividad mayor, a la que el
oponente responderá con mayor grado de agresividad y utilizamos el desarrollo
de la tecnología para crear armas mortíferas y destructivas, que provocan
sufrimientos, desgracias y muertes. Pero claro, esto nos parece lo más normal
ya que así hemos sido educados, invirtiendo más tiempo en instrucciones para
ganar en un combate que para evitarlo. Desde la antigüedad hemos inculcado a
nuestros hijos el valor de la violencia: a través de ella debemos dominar y ser
superiores a los demás.
Actualmente
se nos habla de paz, tolerancia, compañerismo, solidaridad, esfuerzo, pero a
nuestro alrededor, en la televisión y en la propia sociedad solo vemos guerra,
intolerancia, egoísmo…
Nos dejamos llevar por los prejuicios de la
sociedad, llevando a cabo acciones malvadas solo por seguir al resto, por
encajar en un grupo al ser duros y “guays”, y esto en la sociedad actual se
consigue divirtiéndose cuando le damos una paliza o matamos al semejante ya sea
este un desconocido o una persona que había sido importante en algún momento. Muchas
pruebas nos las aportan los medios de comunicación: ¿Cuántas mujeres mueren a manos de sus parejas? ¿O cuántas personas
mueren en peleas?
Pero
todo no acaba aquí. Los familiares y amigos también se implican pidiendo el
mismo final para el agresor y en muchos casos al no ser complacidos se toma la
justicia por sus manos incitando a más venganzas. Así funciona todo: se educa
con violencia, se madura con violencia y se muere con violencia.
Esta
forma de violencia es diferente de la que puede presentar un niño pequeño, que
puede lanzar un objeto, gritar o pegar, sin llegar a matar a nadie. Esto hace
pensar que la violencia forma parte de los instintos animales que posee el ser
humano, pero no es toda la que puede llegar a usar. El ser humano reacciona
ante ciertos estímulos agresivamente e influye en el ambiente que le rodea
condicionando los estímulos recibidos por los que están a su alrededor. El
proceso se repite en cada persona que da otras respuestas influyendo a su vez
en el entorno y la conducta de sus semejantes. De esta forma creamos unos
ideales falsos y hacemos creer que la violencia es algo bueno cuando en
realidad no lo es.
Por
eso debemos cambiar nuestra forma de actuar y aprovechar nuestra influencia en
el entorno para cambiar los pilares violentos de la sociedad y demostrar que
todo se puede lograr sin necesidad de violencia, razonando y trabajando, si
todos colaboramos tal y como han señalado muchos personajes a lo largo de la
historia, tanto famosos como Gandhi como otros anónimos. Estos seres humanos
son otra prueba de que la violencia del ser humano no es solo instinto; dejaron
la violencia a un lado solo proponiéndoselo, por lo tanto la agresividad se
puede dejar a un lado siempre y cuando el individuo no se encuentre en condiciones
extremas, ya que una parte de la agresividad irremediablemente forma parte de
nosotros y podría actuar su instinto de supervivencia como en cualquier animal.
Somos capaces de cambiar nuestras necesidades alimentarias, higiénicas y
sexuales, pero no podemos erradicarlas; por lo tanto, también podemos cambiar
nuestra conducta pero no eliminar del todo la violencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario