Si paseas por el pequeño pueblo
costero de Seavely seguramente oirás la historia de Cristine, una bella joven
víctima de un trágico amor. Tal vez la consideres una simple historia de
fantasmas, mas es mucho más que eso, lo es ante todo de amor, de pérdida, de
superación. Probablemente nadie conozca lo que de verdad aconteció, y sólo
cuenten la existencia de una cueva encantada, en la que residen los espectros
de dos jóvenes amantes que murieron aceptando su trágico destino: uno, el morir
ahogado, la otra abandonarse a la muerte para reunirse con su difunto amado.
Sin embargo, conozco cuanto ocurrió, y considero que se debería recordar a la
pareja como ejemplo de las horribles consecuencias de aquellos amores que se
ven irremediablemente truncados y obligados a marchitarse por la soledad.
Cristine Renuois era una muchacha
joven y alegre, que vivía en el pueblo años atrás. No siendo muy alta y
esbelta, era la envidia de las otras doncellas del pueblo con su larga melena
negro azabache y su hermoso rostro, el cual hacía pensar a cualquiera que lo
contemplase que se hallaba delante de un ángel. La felicidad en persona,
danzaba por la plaza con delicadeza, como si en realidad no llegase a rozar el
suelo, maravillando a sus vecinos y regalándoles contagiosas sonrisas,
despertando así el interés de numerosos jóvenes casaderos miembros de notables
familias; sin embargo, ninguno de ellos podía igualar a su amado Valentine. Noble,
apuesto, cortés, eclipsaría a los muchachos de más alta cuna, si no fuese un
pobre sirviente de la familia Renuois.
Ya desde pequeños habían
congeniado, pues tenían prácticamente la misma edad y habían jugado juntos
mientras la madre de Valentine, viuda, trabajaba de sol a sol en las tareas de
la mansión perteneciente a la pudiente familia. Lo que empezó como una bonita
amistad, con el tiempo fue convirtiéndose en algo más, algo que estaba
totalmente prohibido ya que ambos pertenecían a clases sociales muy distantes. No
obstante, ese pequeño impedimento no cortó las alas de su amor, y decidieron verse
a escondidas. Utilizaban un recóndito lugar de la cocina para citarse sin que nadie lo advirtiera,
pues como era un rinconcito olvidado podían dejar diminutos trozos de papel que
indicaran la hora de su encuentro; llegado el momento de su reunión, la pareja
se ocultaba en una pequeña cueva apartada de la población y allí disfrutaban de
la compañía del otro sin temer las censuras del mundo que los rodeaba.
Cristine estaba cansada de tener
que ocultar la razón de su dicha, pero sabía que si sus padres se enteraban de
su relación con el sirviente, le prohibirían seguir viéndole. Tras sopesar con
detenimiento las circunstancias, y puesto que no estaba dispuesta a olvidar al
amor de su vida, resolvió que lo mejor sería alejarse de allí y empezar una vida
juntos en otro lugar, lejos de su familia, apartados de aquéllos que
pretenderían juzgarlos y separarlos. Así, esa mañana se dirigió a la cocina y
escondió una pequeña hoja de papel para su amado, informándole de la hora a la
que se encontrarían. De lo que no se percató fue de la presencia de su hermana
mayor, una señorita orgullosa de pertenecer a una familia rica y de encontrarse
prometida con un caballero poseedor de una de las mayores fortunas conocidas.
En cuanto Cristine salió de la cocina, su hermana Clarisse se dirigió al lugar
que había ocupado su hermana y leyendo lo escrito en la nota, planeó seguir a
Cristine a donde fuera que fuese.
De ese modo, Clarisse escoltó en
secreto a su hermana hasta la cueva en la que se iba a reunir con Valentine y
escuchó con esmero todos los detalles de la prominente fuga de su hermana: a
esa misma hora se reunirían allí para salir al anochecer de la ciudad, en el
caballo que sustraería Valentine de las caballerizas de los Renouis y con el
dinero que Cristine pudiera reunir sin ser descubierta. Lo que no habían
planeado era que Clarisse se les adelantaría y relataría todos sus planes a sus
padres. Los señores Renuois, para impedir una mancha en su antiguo linaje,
encerraron a su hija menor en su habitación, impidiendo que pudiera reunirse
con su amado y emprender el viaje.
Valentine, inquieto ante la
tardanza de su adorada Cristine, no podía dejar de pasear de un lado a otro
preguntándose qué habría podido sucederle para que retrasara tanto su llegada.
Tan ensimismado se hallaba en su reflexión, que no apreció lo próximo que
estaba al borde de las rocas resbaladizas, y ya demasiado tarde intentó volver
atrás sin éxito.
Cristine por su parte, ideó la
forma de escabullirse por la ventana y llegar a la cueva, rogando por que Valentine
no hubiese interpretado su demora como arrepentimiento. Pero cuando se adentró
en la cavidad cada poro de su piel sintió cómo la temperatura descendía
bruscamente, cómo su corazón se encogía y su mente se nublaba imposibilitándola
a dirigirse hasta el cuerpo sin vida de su amor que flotaba flácido sobre la
superficie del agua.
Para la familia Renuois fue una
tragedia dirigirse a la pequeña cueva tras averiguar que Cristine había logrado
escapar y no encontrar allí más que un conocido vestido ajado cerca de la roca.
Durante años lloraron la muerte de la joven y lamentaron haberla conducido a
ese terrible final. Lo que nunca supieron es que después de sollozar por la
pérdida de su corazón, Cristine se negó a volver con los que habían propiciado
aquella situación, pues le recordarían cada día el profundo dolor que le habían
inflingido y el odio que crecía en alguna parte de ella, de modo que montando
en el caballo apostado a la entrada de la gruta huyó lejos para alejarse de
toda la soledad y la amargura que para ella representaba ese lugar, para poder
darse otra oportunidad y no rendirse a la tristeza, ya que sabía que el deseo
de Valentine sería que siguiese adelante y fuese feliz.
Ésta es la
verdadera historia, lo que nunca ninguna persona supo y lo que todos deberían
saber, pues creo que después de largos años de incertidumbre y remordimientos,
ya pagaron con su propia aflición; y a pesar de que son culpables de impedir
que una semilla floreciese, ya nada podrá volver el tiempo atrás y devolverle
la vida a quien hacía latir mi corazón.
Cristine