martes, 28 de agosto de 2012

La cueva de las ánimas


Si paseas por el pequeño pueblo costero de Seavely seguramente oirás la historia de Cristine, una bella joven víctima de un trágico amor. Tal vez la consideres una simple historia de fantasmas, mas es mucho más que eso, lo es ante todo de amor, de pérdida, de superación. Probablemente nadie conozca lo que de verdad aconteció, y sólo cuenten la existencia de una cueva encantada, en la que residen los espectros de dos jóvenes amantes que murieron aceptando su trágico destino: uno, el morir ahogado, la otra abandonarse a la muerte para reunirse con su difunto amado. Sin embargo, conozco cuanto ocurrió, y considero que se debería recordar a la pareja como ejemplo de las horribles consecuencias de aquellos amores que se ven irremediablemente truncados y obligados a marchitarse por la soledad.



Cristine Renuois era una muchacha joven y alegre, que vivía en el pueblo años atrás. No siendo muy alta y esbelta, era la envidia de las otras doncellas del pueblo con su larga melena negro azabache y su hermoso rostro, el cual hacía pensar a cualquiera que lo contemplase que se hallaba delante de un ángel. La felicidad en persona, danzaba por la plaza con delicadeza, como si en realidad no llegase a rozar el suelo, maravillando a sus vecinos y regalándoles contagiosas sonrisas, despertando así el interés de numerosos jóvenes casaderos miembros de notables familias; sin embargo, ninguno de ellos podía igualar a su amado Valentine. Noble, apuesto, cortés, eclipsaría a los muchachos de más alta cuna, si no fuese un pobre sirviente de la familia Renuois.



Ya desde pequeños habían congeniado, pues tenían prácticamente la misma edad y habían jugado juntos mientras la madre de Valentine, viuda, trabajaba de sol a sol en las tareas de la mansión perteneciente a la pudiente familia. Lo que empezó como una bonita amistad, con el tiempo fue convirtiéndose en algo más, algo que estaba totalmente prohibido ya que ambos pertenecían a clases sociales muy distantes. No obstante, ese pequeño impedimento no cortó las alas de su amor, y decidieron verse a escondidas. Utilizaban un recóndito lugar de la cocina  para citarse sin que nadie lo advirtiera, pues como era un rinconcito olvidado podían dejar diminutos trozos de papel que indicaran la hora de su encuentro; llegado el momento de su reunión, la pareja se ocultaba en una pequeña cueva apartada de la población y allí disfrutaban de la compañía del otro sin temer las censuras del mundo que los rodeaba.



Cristine estaba cansada de tener que ocultar la razón de su dicha, pero sabía que si sus padres se enteraban de su relación con el sirviente, le prohibirían seguir viéndole. Tras sopesar con detenimiento las circunstancias, y puesto que no estaba dispuesta a olvidar al amor de su vida, resolvió que lo mejor sería alejarse de allí y empezar una vida juntos en otro lugar, lejos de su familia, apartados de aquéllos que pretenderían juzgarlos y separarlos. Así, esa mañana se dirigió a la cocina y escondió una pequeña hoja de papel para su amado, informándole de la hora a la que se encontrarían. De lo que no se percató fue de la presencia de su hermana mayor, una señorita orgullosa de pertenecer a una familia rica y de encontrarse prometida con un caballero poseedor de una de las mayores fortunas conocidas. En cuanto Cristine salió de la cocina, su hermana Clarisse se dirigió al lugar que había ocupado su hermana y leyendo lo escrito en la nota, planeó seguir a Cristine a donde fuera que fuese.



De ese modo, Clarisse escoltó en secreto a su hermana hasta la cueva en la que se iba a reunir con Valentine y escuchó con esmero todos los detalles de la prominente fuga de su hermana: a esa misma hora se reunirían allí para salir al anochecer de la ciudad, en el caballo que sustraería Valentine de las caballerizas de los Renouis y con el dinero que Cristine pudiera reunir sin ser descubierta. Lo que no habían planeado era que Clarisse se les adelantaría y relataría todos sus planes a sus padres. Los señores Renuois, para impedir una mancha en su antiguo linaje, encerraron a su hija menor en su habitación, impidiendo que pudiera reunirse con su amado y emprender el viaje.



Valentine, inquieto ante la tardanza de su adorada Cristine, no podía dejar de pasear de un lado a otro preguntándose qué habría podido sucederle para que retrasara tanto su llegada. Tan ensimismado se hallaba en su reflexión, que no apreció lo próximo que estaba al borde de las rocas resbaladizas, y ya demasiado tarde intentó volver atrás sin éxito.



Cristine por su parte, ideó la forma de escabullirse por la ventana y llegar a la cueva, rogando por que Valentine no hubiese interpretado su demora como arrepentimiento. Pero cuando se adentró en la cavidad cada poro de su piel sintió cómo la temperatura descendía bruscamente, cómo su corazón se encogía y su mente se nublaba imposibilitándola a dirigirse hasta el cuerpo sin vida de su amor que flotaba flácido sobre la superficie del agua.



Para la familia Renuois fue una tragedia dirigirse a la pequeña cueva tras averiguar que Cristine había logrado escapar y no encontrar allí más que un conocido vestido ajado cerca de la roca. Durante años lloraron la muerte de la joven y lamentaron haberla conducido a ese terrible final. Lo que nunca supieron es que después de sollozar por la pérdida de su corazón, Cristine se negó a volver con los que habían propiciado aquella situación, pues le recordarían cada día el profundo dolor que le habían inflingido y el odio que crecía en alguna parte de ella, de modo que montando en el caballo apostado a la entrada de la gruta huyó lejos para alejarse de toda la soledad y la amargura que para ella representaba ese lugar, para poder darse otra oportunidad y no rendirse a la tristeza, ya que sabía que el deseo de Valentine sería que siguiese adelante y fuese feliz.


                                                  
Ésta es la verdadera historia, lo que nunca ninguna persona supo y lo que todos deberían saber, pues creo que después de largos años de incertidumbre y remordimientos, ya pagaron con su propia aflición; y a pesar de que son culpables de impedir que una semilla floreciese, ya nada podrá volver el tiempo atrás y devolverle la vida a quien hacía latir mi corazón.


                                                                                                                                                               Cristine



        

sábado, 25 de agosto de 2012

Un pellizco no te va a salvar


“Odio tener que volver sola a casa tan entrada la noche; ojalá viviera en el centro y no en las cercanías de... Espera, ¿qué ha sido eso?”

Judit se queda paralizada escudriñando la oscuridad; todo parece tranquilo, y sin embargo percibe que no está sola. Está asustada; corre, justo delante está su residencia. No obstante se ve obligada a girar ciento ochenta grados cuando casi choca con la figura encapuchada que se interpone en su camino. Recorre las calles que rodean los viejos edificios de su zona con el corazón en un puño, aterrorizada, pues nota que la está siguiendo. Penetra en un callejón en el que queda atrapada como el aire en sus pulmones, y consternada aguarda a aquello que la persigue. Petrificada por el miedo, contempla cómo su captor aferra su brazo fuertemente.

Despierta. Acelerada, se incorpora bruscamente, buscando frenéticamente cualquier vestigio de la escena que acaba de vivir. No hay nada, todo ha sido un sueño, se recuerda mientras dirige una mirada inconsciente al brazo que asía aquel encapuchado y en el que ahora, alarmada, vislumbra la marca enrojecida de una garra.

Ying-Yang


Hay días en los que te arrepientes de haber salido de tu cama, en los que culpas al sol por obligarte a afrontar un día fatal, en los que la suerte no te acompaña. Sufres una decepción tras otra, caes una y otra vez; pero aún así te levantas. Llega un momento en el que lo ves todo negro, te arrepientes de ser tú mismo, maldices tu suerte. Sientes demasiado cerca a los que te rodean, y deseas que te dejen tranquilo; te molestan, te atosigan, te agobian, te inhiben. Es entonces cuando te das cuenta de que sólo intentan ayudarte, levantarte el ánimo; tratan de animarte y hacerte reír. Y realmente sonríes, pues sabes que no estás solo, que confían en ti y si te tropiezas estarán ahí para ofrecerte sus manos.



Has sido un tonto. Así es la vida, como una montaña rusa que te lleva a lo más alto y de repente se desliza sinuosa hacia tierra firme, para luego volver a subir; las dos caras de una misma moneda. Ahí se encuentra la verdadera fortaleza, no en ser el más osado o el más temerario, sino en no darse nunca por vencido, en luchar cada segundo y aprender de tus errores; en levantarte con el doble de ilusión, con el triple de ahínco, con la seguridad de que puedes realizar aquello que desees. Con la certeza de que puedes comerte el mundo. No te muestres cabizbajo, no te sumas en el pesimismo; afronta tus miedos con la cabeza bien alta, enfréntate a tus preocupaciones con valor y seguridad. Sé positivo y no te rindas nunca, esa es la actitud que te llevará a tus sueños, y si lo deseas, hasta el infinito y más allá.


miércoles, 22 de agosto de 2012

Las visitas, mejor a la luz del sol


Definitivamente, estaba loca; no podía creer que la hubieran convencido para entrar en esa casa abandonada. Siempre le habían parecido absurdos los rumores que circulaban sobre la antigua mansión en el pueblo, pero una vez allí, ante el majestuoso caserón, no le parecían tan descabellados. Estúpida apuesta.
Era una construcción formidable; situada en las afueras del bosque, reflejaba el estilo arquitectónico del pasado siglo. Giró en derredor observando el lúgubre terreno que rodeaba la casa, el cual se veía más terrorífico durante la noche: el jardín descuidado, las zonas en las que la tierra se amontonaba sin razón aparente, aquellos ojos que la espiaban entre las ramas huesudas de los árboles. El pánico empezaba a abrirse paso entre sus intentos por dar un sentido racional a lo que tenía delante, por lo que decidió centrarse en el caserón que había dejado a sus espaldas. Sus torres con techos a dos aguas, adornadas con escalofriantes gárgolas y esos ventanales en los que la luna se reflejaba arrancando destellos asemejados a figuras tras los cristales, enviaban escalofríos por la espalda de Laia.
 Haciendo acopio de todo su valor, puso un pie en el primer peldaño de la escalera del pequeño porche, haciendo que crujiera bajo su peso y enfureciese a los murciélagos que colgaban descansados. Laia tuvo que luchar para ahuyentar a los pequeños vampiros que se enredaron en su pelo y sus ropas, y ponerse a cubierto en el interior de la casa, cuya puerta, casualmente, no fue difícil de abrir, todo lo contrario de lo que había esperado la muchacha.



jueves, 16 de agosto de 2012

La fiera aguarda entre las sombras

Cuenta la leyenda que en las noches de luna llena es peligroso adentrarse en el bosque de Worthwood, pues allí una oscura figura aguarda impaciente. Pocos son los afortunados que han vivido para describir a la criatura que habita en la espesura y muchos los desventurados que, habiéndose adentrado en Worthwood nunca han regresado.



Unos cuentan que aquéllo que recorre el bosque es un ente fantasmagórico que arrastra a quien pisa el frondoso manto verde al fondo del lago localizado en el corazón del bosque; otros lo dibujan como un diabólico ser encargado de conducir a cualquier osado a soportar las más insoportables torturas en el Hades. Hay quien piensa que no es más que una horrorosa quimera, atrapada entre los árboles sin ningún otro alimento que la carne humana que penetra en la boscosidad.



La identidad de ese épico ser es un misterio, nadie sabe con certeza qué es, solo coinciden en su ferocidad, en la mirada oscura y penetrante de unos ojos rojos como el fuego del infierno, que hielan la sangre y coronan un enorme cuerpo de metros de altura. Sus extremidades acaban en garras tan afiladas como los dientes que sobresalen de sus fauces, que podrían devorar a un humano sin el mayor esfuerzo.



Una vez al mes se escuchan gemidos procedentes de la oscuridad, quizás de las víctimas de este monstruo que espera agazapado a su presa, quizás del propio ser consciente de su soledad. Lo único seguro es que si no quieres experimentar la más dolorosa de las muertes deberías alejarte de los terrenos del bosque de Worthwood.







miércoles, 15 de agosto de 2012

Ceremonia de clausura

Había llegado ese gran día. Cuántas veces les había dicho a sus dos mejores amigas que jamás se casaría, y allí estaba dentro del coche que la transportaría hasta la puerta de la iglesia para hacer su entrada triunfal. Dentro de la parroquia la esperarían familia y amigos para acompañarla y desearle lo mejor, y el más importante, el que se convertiría en su esposo. Se sentía dichosa, y en el momento más importante de su vida, no podía evitar acordarse de las amigas de su infancia, las dos compañeras con las que había crecido, reído y llorado, ganado y perdido, y a las que hacía años que no veía porque había decidido pasar todo su tiempo con su futuro esposo.



La ceremonia transcurrió como en uno de sus mejores sueños. Mientras el cura que oficiaba la unión hablaba sentía cómo revoloteaban mariposas en su estómago, su corazón palpitaba amenazando con salir de su pecho y no conseguía dejar de mirar de soslayo a su prometido; se le veía tan guapo, a pesar de que en ocasiones otros se empeñaran en convencerla de lo contrario. Pero todo quedó olvidado cuando dijo “sí quiero”.



Sin embargo, el sueño de Carol se convirtió en su peor pesadilla. Durante la celebración no paraba de ir de un lugar a otro, conversando con los invitados, y recibiendo regalos de los asistentes. Precisaba guardar los regalos, pues no los iba a cargar indefinidamente; de modo que abrió una puerta para dejar los obsequios y cual no fue su sorpresa al encontrar a su reciente marido con otra, en concreto aquella con la que había batallado constantemente en el instituto por pretender robarle a su, por aquel entonces, novio. Sintió como si se estrellara contra el suelo, ahora entendía exactamente cómo se puede partir un corazón, y los intentos de Carl por explicar el “malentendido” solo lo empeoraba. Al dolor se sumaron otras emociones: rabia, asco, vergüenza. El entumecimiento que se apoderó de su cuerpo no le impidió correr, atravesar el salón ignorando la sorpresa de sus invitados para perderse en su desilusión, su desengaño y su soledad.

lunes, 13 de agosto de 2012

Orgullo indigno

Dánae no estaba segura de la prosperidad de su relación con Fernando, por lo que decidió que muy a su pesar debía acabar su relación; lo tenía en muy alta estima, lo pasaba muy bien con él, pero sabía que eso no era suficiente para continuar. Estaba preocupada, pues no sabía cómo se lo tomaría Fernando y lo que menos deseaba era hacerle daño; esa era la razón por la que consideraba mejor la opción de acabar su insatisfecho romance sin demora, para evitar que el tiempo tornase la inevitable ruptura más difícil. Creía que podría reunir el valor suficiente, que sería fuerte para hablar con él y confiaba en que su amistad continuaría a pesar de lo ocurrido.

Sin embargo, su ruptura no transcurrió del modo que ella esperaba. Dánae le transmitió con sinceridad todo lo que sentía: aunque lo adoraba, no lo quería de la forma en la que él deseaba, su corazón no marcaba un compás acelerado cuando estaban juntos, y temía que las mariposas de su estómago habían volado muy lejos. Pese a que lo sentía mucho y no quería herirlo, lo hacía por el bien de ambos, para evitar un sufrimiento mayor, y lamentaría mucho que se enojara con ella y no le devolviera el saludo. Fernando por su parte, le rogó que no lo dejase, imploró una nueva oportunidad que aprovecharía para ganarse de nuevo su amor, y ante la negativa de su amada se enfureció, negándole su amistad y deseándole lo peor.

Dánae se sintió fatal, pues su memoria no la dejaba olvidar aquella escena. Revivía una y otra vez el tono de sus palabras, su mirada desesperada y herida que tornó en iracunda, la rabia y el veneno de su voz. Y por si fuera poco tendría que verlo todos los días en clase. Se sentaba tras ella y Dánae notaba su mirada acusadora clavada en su espalda como si se tratase de cuchillos atravesando su corazón.

Pasado un año, Dánae lo había aceptado y pensó que ya habría pasado la tempestad; pero no fue así. Recibió un mensaje de Fernando comentándole lo ilusa que había sido al creer que un chico como él podría sentirse atraído por alguien como ella. Dánae se quedó anonadada con lo que leyó y le pidió explicaciones. Fernando le contó que solo había salido con ella porque era el amor platónico de sus amigos, lo cual la había convertido en un reto para él (y como buen deportista, le encantaban los retos). Pero como Dánae había caído en sus redes fácilmente, ya no tenía importancia y para evitar hacerle daño se había comportado de forma contraria a como solía hacerlo forzándola a que rompiera con él. Después se había comportado como un desquiciado para conseguir que ella no se echara atrás, y ya de nuevo sin compromiso alguno, salió y conoció otras chicas. Además instó a Dánae a que le diera las gracias por haber sido tan considerado tomándose tantas molestias para no herir sus sentimientos y por haber empleado su tiempo en explicárselo todo después de un año.

Esto le demostró lo tonta que había sido. Se había estado preocupando por alguien que no merecía la pena, que había aprovechado la más mínima oportunidad para humillarla. Lástima que Dánae tuviera una fuerte personalidad y pruebas de que todo lo que Fernando le contó no era cierto, que solo lo decía por despecho. Aún así, estaba feliz, porque si Fernando había sido capaz de decirle todo eso significaba que no merecía ser el protagonista de uno solo de sus pensamientos y que había malgastado su tiempo y sus energías en sentirse culpable por quien ahora pretendía herir su ego. Y aunque sabía que estaba mal, no podía evitar sentir una pizca de complacencia al saber que Fernando no lo había superado y sufría por no tenerla. 






Puede que esta historia resulte un poco absurda a quien la lea, pero está basada en hechos reales y nada de lo que aquí se cuenta es inventado.





miércoles, 8 de agosto de 2012

Secuestrando la fama

- Los ladrones que han desvalijado una caja fuerte del banco se han confinado dentro de sus instalaciones con el gerente, un hombre joven y con gran éxito empresarial...
Alina miraba con cierta envidia cómo su compañera de oficio explicaba lo sucedido ante las cámaras mientras ella permanecía allí recogiendo información para redactar la noticia de un periódico local con pocos lectores. Desde pequeña había soñado con ver su cara en el informativo de las tres, en directo desde cualquier parte del mundo en la que ocurriera algún acontecimiento. Aborrecía sentirse insignificante y que nadie la tuviera en cuenta; debía hacer algo al respecto. Así que disimuladamente rodeó el edificio buscando algún indicio o dato de interés con el que destacar.

Los agentes habían intentado entrar en el edificio por la puerta de atrás, sin lograr pasar del pequeño vestíbulo que les daba la entrada. Alina se infiltró en aquella habitación cuando creyó estaría vacía, por lo que se alarmó cuando oyó que los nuevos refuerzos entraban; no sabía que hacer, de modo que presa del pánico repasó la sala con desesperación y reparó en una pequeña puerta que pasaba desapercibida a simple vista. Sin más demora cruzó la puerta y la cerró a sus espaldas, deseando con toda su alma que los agitados latidos de su corazón no revelaran su escondite. Cuando por fin logró serenarse advirtió que tenía delante un largo y angosto pasillo, y tras meditarlo detenidamente decidió avanzar por él. Ya saboreaba victoria cuando un fuerte brazo la asió y colocó algo sobre su cara que desprendía un aroma que la aturdió.

Cuando despertó algo desorientada, se estremeció al percatarse de que se hallaba atada a una silla junto a otra persona en su misma condición. Rápidamente cayó en la cuenta de la identidad de su acompañante y del peligro que corrían ambos. Su corazón amenazaba de nuevo con salir de su pecho cuando el gerente del banco le hizo ver que debía mantener la calma y ayudarle a escapar.

- Estamos atados, por si no te habías dado cuenta. Y a no ser que sepas hacer magia...
- Pues mira, sí, sé hacer magia- Dijo poniendo los ojos en blanco y continuó sin disimular su tono sarcástico.- Da la casualidad que esta mañana adiviné mi futuro y guardé en mi bolsillo una pequeña navaja. ¡Vamos, date prisa, cógela y corta las cuerdas antes de que vuelvan!
Alina comprendió al instante y se apresuró a coger la navaja y a cortar las cuerdas. En cinco minutos estaban libres de sus ataduras, pero presos en aquella habitación en la que los habían aprisionado. De repente se escuchaba el sonido de unos pasos que cada vez se acercaban más. Instintivamente se colocaron a ambos lados de la puerta y aprovechando que uno de sus secuestradores había entrado salieron silenciosa y velozmente cerrando la puerta y encerrando al delincuente en la habitación. Evitaron al otro de sus captores con relativo éxito pero cuando se disponían a salir éste los alcanzó. En ese mismo irrumpieron en la escena los agentes de policía y así quedó la escena: a un lado los agentes con sus armas apuntando al ladrón e instándole a que se rindiera, al otro extremo el bandido amenazando con disparar a sus rehenes y en el centro, Alina y el gerente considerando la posibilidad de despertar de aquella pesadilla en cualquier momento.

Todo pasó muy deprisa: los agentes avanzaron, el ladrón se sintió acorralado y lanzó un disparo que fue contraatacado por los de los policías; Alina sintió que aquél que la empujaba caía al suelo un segundo antes que el que los retenía allí.
En los días siguientes, Alina fue a visitar al gerente del hospital, Mario, que había sido ingresado después del tiroteo. Mario la recibió aquella mañana con un periódico en la mano y una sonrisa.

-Pero qué ven mis ojos, si es la periodista más famosa de estos últimos días, aquella que se rifan los mejores periódicos...
- Deja de burlarte, que lo mío me ha costado.
- Y que lo digas.- Dijo Mario abarcando con una amplia mirada lo obio.- Bueno, espero que tengas un hueco para ir a tomar un café cuando me permitan salir de esta prisión...
- Pues no sé, tendré que consultar mi agenda.- Alina no podía dejar de sonreír, pues su vida comenzaba a marchar como había soñado.

lunes, 6 de agosto de 2012

Noche de drama

Seguí corriendo como una demente, desesperada por escapar del fantasma que me perseguía; pero de nuevo tropecé una vez más, rompiendo el tacón de mi zapato de diseño y, para mi mayor desgracia, torciéndome el tobillo. Mis intentos de levantarme fueron en vano, así que lo único que podía hacer era quedarme allí compadeciéndome de mí misma y maldiciendo mi suerte. Aunque no por mucho tiempo, pues los pasos apresurados de mi predador se oían ya cercanos. Asustada giraba la cabeza en todas direcciones con la esperanza de que todo fueran imaginaciones mías; pero pronto me percaté de lo equivocada que estaba, al ver una sombra que se cernía sobre mí. No pude reconocer a mi perseguidor, lo único que veía era a los árboles girar a mi alrededor justo antes de sumirse en la oscuridad.
  • ¡Ya has despertado! Estaba preocupado.
Desperté desorientada bajo la intensa luz de la luna y algo cohibida ante la presencia de un desconocido cuya voz me resultaba familiar. Enfoqué un poco más la vista en su silueta y cuál no fue mi sorpresa al descubrir que era David, el mejor amigo de mi novio Mike. También pertenecía al equipo de natación y era el centro de atención de todas las chicas; de hecho, hubo un tiempo en el que estuve enamorada de él, pero Mike consiguió robar mi corazón poco a poco.
  • Tú. ¿Estás loco o qué? ¿qué hacías persiguiéndome por el bosque?
  • ¿Intentar ayudarte? Estaba preocupado por ti después de lo que escuché, pero viendo cómo me lo agradeces debería haberte abandonado a tu suerte.
  • ¿Lo que oíste? ¿Qué oíste?
  • Pues, después de ver liarse a tu novio con tu mejor amiga, escuché cómo planeaban estropear tu coche mientras estabas distraída para quitarte del camino de ambos.
  • Ya, eso te los estás inventando.
  • No; y créeme, tengo pruebas. Suerte que me estaba encargando del vídeo de la fiesta...
No podía creer lo que estaba viendo en la pequeña pantalla de la cámara, y desde luego este asunto no se iba a quedar así, ya planearía mi venganza. Hacía tiempo que nuestra relación no iba bien, pero se habían pasado tres pueblos. David se quedó conmigo en aquel claro hasta que me tranquilicé, hizo ademán de su característica charlatanería y lo pasé realmente bien, teniendo en cuenta todo lo que había vivido esa noche. Se le veía tan bien con su flequillo ondeando, que de vez en cuando dejaba al descubierto el reflejo de la redonda luna en sus ojos verdes. No sabía por qué pero no podía apartar la vista de esos labios que se curvaban en una sonrisa.
Me acompañó a casa y tras asegurarse de que me encontraba bien se despidió con una sonrisa que me desarmó. Tenía un rostro angelical, ya le echaba de menos y ni siquiera se había alejado. Ya me disponía a entrar cuando me sujetó el brazo y volviéndome hacia él unió sus labios a los míos haciendo que mi corazón estallara y mis piernas flaquearan. Nunca había sentido algo así. Cuando se retiró para mirarme su mirada de disculpa se tornó en una de euforia al comprobar que sus sentimientos eran correspondidos. Tras confesarme cuanto había ansiado ese momento, posó sus labios en mi mejilla y suavemente se deslizó hacia su coche y marchó.



Noche de infarto

El coche ha escogido el peor momento para estropearse, en plena noche y en mitad del bosque que debo cruzar para llegar a casa. Debería haberme acompañado Mike; ahora estoy aquí, perdida en un bosque tenebroso iluminado sólo por la luna llena, después de tropezar varias veces y desgarrar mi precioso vestido con la ayuda de esas ramas que parecen querer arrastrarte a un lugar más inhóspito aún.
Hace rato escucho ruidos y tengo la sensación de que alguien me sigue. Tengo miedo. Procuro pensar que son los animales, o es el propio miedo el que me aterra, pero esta opresión en mi pecho se niega a creerlo. Está más cerca. Presa del pánico comienzo a correr cual caballo desbocado, desorientada, ansiosa, sin percatarme de que me estoy adentrando más en el frondoso bosque y lo que sea que me acecha, me seguirá hasta el mismísimo infierno.

viernes, 3 de agosto de 2012

Espiral desesperanzadora


Jamás aprenderá. Una y otra vez ha visto cómo se desmoronan las ilusiones provocadas por promesas vacías, ha presenciado el hundimiento de sus castillos de arena; ha sentido cómo la manipulan, la utilizan para después darle el gran golpe que la deja sumida impotencia.

Esto le demuestra que nadie se preocupa por ella, por sus deseos, por sus sentimientos. Se ve rodeada por una densa niebla de soledad, que la atormenta, que despierta su furia y le hace odiar al mundo entero. Se pregunta el por qué; quizás es una ilusa al pensar que el resto del mundo puede albergar un mísero resquicio de empatía en su corazón. Le han fallado tantas veces, la han herido en tantas ocasiones, que siente peligrar su dignidad, su confianza en alguien que no sea ella misma.

Sabe lo que debe hacer, sabe lo que pasará, pero aún así volverá a caer.

jueves, 2 de agosto de 2012

La última puesta de sol


Como cada atardecer lo espera en la roca. Sentada frente a un mar que intenta apagar las llamas del cielo con su intenso color azul. Le embriaga la brisa que mece su pelo e imagina el roce de sus manos, la dulzura de sus caricias, la avidez de su boca estrellándose contra la suya.

Imagina cómo será su reencuentro después de tanto tiempo, el momento en el que se lanzará a su pecho y él la abrazará para no soltarla jamás, para darle su cariño y entregarle el sentimiento que le profesa.

Un escalofrío recorre su espalda inundándola de un extraño presentimiento; su prometido debería haber vuelto ya de su viaje, debería estar allí. Suena su móvil y piensa que es él para avisar de que se retrasa.

-         ¿Dígame?

Su teléfono se estrella en el suelo antes de que el agua la engulla.