El coche ha escogido el peor momento
para estropearse, en plena noche y en mitad del bosque que debo
cruzar para llegar a casa. Debería haberme acompañado Mike; ahora
estoy aquí, perdida en un bosque tenebroso iluminado sólo por la
luna llena, después de tropezar varias veces y desgarrar mi precioso
vestido con la ayuda de esas ramas que parecen querer arrastrarte a
un lugar más inhóspito aún.
Hace rato escucho ruidos y tengo la
sensación de que alguien me sigue. Tengo miedo. Procuro pensar que
son los animales, o es el propio miedo el que me aterra, pero esta
opresión en mi pecho se niega a creerlo. Está más cerca. Presa del
pánico comienzo a correr cual caballo desbocado, desorientada,
ansiosa, sin percatarme de que me estoy adentrando más en el
frondoso bosque y lo que sea que me acecha, me seguirá hasta el
mismísimo infierno.
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