Frío. Mis mejillas arden, pero
sigo sintiendo frío. Indiferencia. Todos a mi alrededor danzan, y sin embargo me
parecen estáticos, inmersos en un campo gravitatorio que ralentiza sus
movimientos, cual planetas que giran en torno a un sol extinto; en torno a una
figura central, epicentro de la parsimonia. Oigo la música, mi cuerpo quiere
dejarse llevar, marcar el ritmo, pero algo me detiene, una fuerza me petrifica.
Me siento desplazada, como la pieza del puzzle equivocado.
Sola con mis pensamientos, todo
da vueltas y yo permanezco en el mismo lugar, inmersa en un sueño que revivo
una y otra vez sin remedio alguno. El tiempo corre y no lo siento; oigo risas,
expectación y llantos sin escucharlos. No me siento cómoda, me ahogo. Como ansío
a veces despertar de este aislamiento, sentirme parte de todo y a la vez de
nada. Necesito romper las cadenas que me atan.
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Este es mi mundo, aquí encajo a
la perfección, soy la última pieza que completa el rompecabezas. Con fuerzas e
ilusión renovadas, ya no percibo a los demás inmóviles en el continuo
espacio-tiempo, me olvido de aquéllos que me apartan de su atención. Tras
escribir el punto y final, todo lo que me rodea cambia: color, alegría,
movimiento; si puedo cambiar mi fantasía, lo mismo haré con mi realidad. Una
incipiente carrera clama mi participación, me preparo, suena el pistoletazo de
salida y avanzo hacia la meta con todas mis fuerzas, pues es mi objetivo ver el
trofeo de la vida en mi estantería cada día, cada despertar.
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