La ceremonia transcurrió
como en uno de sus mejores sueños. Mientras el cura que oficiaba la
unión hablaba sentía cómo revoloteaban mariposas en su estómago,
su corazón palpitaba amenazando con salir de su pecho y no conseguía
dejar de mirar de soslayo a su prometido; se le veía tan guapo, a
pesar de que en ocasiones otros se empeñaran en convencerla de lo
contrario. Pero todo quedó olvidado cuando dijo “sí quiero”.
Sin embargo, el sueño de
Carol se convirtió en su peor pesadilla. Durante la celebración no
paraba de ir de un lugar a otro, conversando con los invitados, y
recibiendo regalos de los asistentes. Precisaba guardar los regalos,
pues no los iba a cargar indefinidamente; de modo que abrió una
puerta para dejar los obsequios y cual no fue su sorpresa al
encontrar a su reciente marido con otra, en concreto aquella con la
que había batallado constantemente en el instituto por pretender
robarle a su, por aquel entonces, novio. Sintió como si se
estrellara contra el suelo, ahora entendía exactamente cómo se
puede partir un corazón, y los intentos de Carl por explicar el
“malentendido” solo lo empeoraba. Al dolor se sumaron otras
emociones: rabia, asco, vergüenza. El entumecimiento que se apoderó
de su cuerpo no le impidió correr, atravesar el salón ignorando la
sorpresa de sus invitados para perderse en su desilusión, su
desengaño y su soledad.
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