miércoles, 22 de agosto de 2012

Las visitas, mejor a la luz del sol


Definitivamente, estaba loca; no podía creer que la hubieran convencido para entrar en esa casa abandonada. Siempre le habían parecido absurdos los rumores que circulaban sobre la antigua mansión en el pueblo, pero una vez allí, ante el majestuoso caserón, no le parecían tan descabellados. Estúpida apuesta.
Era una construcción formidable; situada en las afueras del bosque, reflejaba el estilo arquitectónico del pasado siglo. Giró en derredor observando el lúgubre terreno que rodeaba la casa, el cual se veía más terrorífico durante la noche: el jardín descuidado, las zonas en las que la tierra se amontonaba sin razón aparente, aquellos ojos que la espiaban entre las ramas huesudas de los árboles. El pánico empezaba a abrirse paso entre sus intentos por dar un sentido racional a lo que tenía delante, por lo que decidió centrarse en el caserón que había dejado a sus espaldas. Sus torres con techos a dos aguas, adornadas con escalofriantes gárgolas y esos ventanales en los que la luna se reflejaba arrancando destellos asemejados a figuras tras los cristales, enviaban escalofríos por la espalda de Laia.
 Haciendo acopio de todo su valor, puso un pie en el primer peldaño de la escalera del pequeño porche, haciendo que crujiera bajo su peso y enfureciese a los murciélagos que colgaban descansados. Laia tuvo que luchar para ahuyentar a los pequeños vampiros que se enredaron en su pelo y sus ropas, y ponerse a cubierto en el interior de la casa, cuya puerta, casualmente, no fue difícil de abrir, todo lo contrario de lo que había esperado la muchacha.



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