Definitivamente, estaba loca; no podía
creer que la hubieran convencido para entrar en esa casa abandonada.
Siempre le habían parecido absurdos los rumores que circulaban sobre
la antigua mansión en el pueblo, pero una vez allí, ante el
majestuoso caserón, no le parecían tan descabellados. Estúpida
apuesta.
Era una construcción formidable;
situada en las afueras del bosque, reflejaba el estilo arquitectónico
del pasado siglo. Giró en derredor observando el lúgubre terreno
que rodeaba la casa, el cual se veía más terrorífico durante la
noche: el jardín descuidado, las zonas en las que la tierra se
amontonaba sin razón aparente, aquellos ojos que la espiaban entre
las ramas huesudas de los árboles. El pánico empezaba a abrirse
paso entre sus intentos por dar un sentido racional a lo que tenía
delante, por lo que decidió centrarse en el caserón que había
dejado a sus espaldas. Sus torres con techos a dos aguas, adornadas
con escalofriantes gárgolas y esos ventanales en los que la luna se
reflejaba arrancando destellos asemejados a figuras tras los
cristales, enviaban escalofríos por la espalda de Laia.
Haciendo
acopio de todo su valor, puso un pie en el primer peldaño de la
escalera del pequeño porche, haciendo que crujiera bajo su peso y
enfureciese a los murciélagos que colgaban descansados. Laia tuvo
que luchar para ahuyentar a los pequeños vampiros que se enredaron
en su pelo y sus ropas, y ponerse a cubierto en el interior de la
casa, cuya puerta, casualmente, no fue difícil de abrir, todo lo
contrario de lo que había esperado la muchacha.

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